UNA NOCHE DE VERANO...
Las mayores aventuras siempre se vivían en noches de verano, cuando te guiabas por las luces del alumbrado de las calles, y sabias que cuando se encendían era hora de volver a casa, porque ya estaría todo preparado para cenar y ver cualquier programa en la tele, de esos que entonces si entretenían y educaban…
Los amores primeros siempre se vivían en cualquier noche de verano, amores que se culminaban con una sonrisa de aceptación y un beso en la mejilla, que agarrados de la mano jurábamos amor eterno, sin saber que la vida nos aguardaba a la vuelta de la esquina… Veranos de bicicleta y rio, o alberca, a no ser que tuvieses la suerte de vivir cerca de la costa y entonces tu día a día se marcaba por el compas de las olas que cada día o con más asiduidad podrías saltar jugando a hacer castillos en el aire…
Las mejores pandillas eran las que crecían en verano, cuando llegaban a tu pueblo los “forasteros”, que no eran más que los hijos de emigrantes que habían salido de sus lugares de procedencia en busca de mejor fortuna y siempre volvían a casa por verano y por navidad… Aquellas noches de San Juan, en el que quemando hogueras, no te dabas cuenta de que quemabas el tiempo de tu reloj, y pasarías de pedir el deseo de hacerte mayor, a medir ahora pasados los cuarenta el tiempo que ya no nos queda…
Veranos de piscina con olor a ciprés y a pino, donde vivías momentos que jamás ya volverán… Entonces los veranos eran fugaces y no eternos, y pasado el quince de agosto ya sabias que el olor a imprenta y a libros nuevos estaba a la vuelta de la esquina… en esa esquina donde estaba la papelería del barrio, que ya empezabas a ver como llegaban esas primeras cajas con todo el material que después emplearíamos para desarrollar nuestras tareas escolares…
Aquellos veranos de botijo y melón que traía el abuelo de la huerta, esos melones que sí que sabían a melón… y los helados que nos comíamos furtivamente sin que nuestra madre nos viera y no nos regañase por comer tantas chucherías… la infancia de un verano eterno que ahora miras atrás y no son nada más que recuerdos… momentos que entonces no le dabas el valor que tenían y ya no se pueden recuperar…
La juventud tendría que ser eterna… Pero eso amigo o amiga, es imposible, y el reloj sigue marcando los segundos en el minutero, cual despiadado enemigo, sin darnos pausa a degustar cada instante que la vida nos regala, porque cuando cierras los ojos y los vuelves a abrir todo ha pasado… y nada vuelve a ser igual…
Otro quince mas a la mochila… el verano pronto nos dará la espalda, y
escucharemos esa triste canción que el dúo dinámico marcaba el antes y el después
de la canícula y ese otoño que empezaba el día que tenias que volver a clase y
contar tus hazañas de verano a todos tus compañeros de clase… esas aulas con
olor a crema de aftersun y a colonia fresca, que iniciaba los pasos de otro año
más, dejando atrás el verano de nuestras vidas…

No hay comentarios:
Publicar un comentario